Crystal Defenders (PSN)


¡Cuánto sufrí! Descubrí el juego gracias a su demo de la Store de Hong Kong y no hubo forma de descansar mis ansias hasta que no lo sacaron en la Store de Europa. Y es cierto que no la hubo, pues intenté mil métodos para comprarlo en la japonesa pero parece que cerraron el chiringuito de importaciones digitales hace tiempo.
Finalmente llegó un gran estupendo, maravilloso, soleado y caluroso, con las ropas sudorosas y el pelo empapado... eh... me desvío. Llegó el día en que me dieron una alegría abismal con las palabras "¡Oh, oh!" Vicio a raudales se avecinaba, diez euros en monedero virtual se despedían y el Crystal Defenders a mis brazos se lanzaba. Nos habíamos encontrado por fin y no íbamos a separarnos hasta que me pasase las 30 oleadas de cada una de sus fases y consiguiese el 100% de los trofeos.

Dit y fet. En menos de dos semanas ya lo dejé bien pulido para que no me remordiera la conciencia, y es que los tower defense son mi maldita perdición. No diría que mi género favorito, pero no hay nada en el panorama videojueguil que pueda viciarme de una manera tan alarmante.
"Justifica tu respuesta", que me dirían en el cole. Pero es que Crystal Defenders se hace a sí mismo, es difícil buscarle puntos negativos, tanto como explicar el por qué es tan genial. Y probablemente el profesor me hubiera suspendido al leer este argumento, así que vamos a por el aprobado.

Como siempre me pasa, pues acabé sabiendo de memoria absolutamente todos los parámetros de cada unidad y enemigos, así como el orden de las oleadas. Era cuestión de tiempo que acabara dominándolo a la perfección y así conseguir el increíblemente difícil trofeo del buen samaritano, que consiste en pasarse un mapa sin perder ni un cristal pero sin desplegar ladrones. Querer conseguirlo es lo que hizo que el juego me durara una semana más.
Quizá lo único que no me gustó es que algunos mapas repetían el mismo patrón de oleadas que su antecesor, con lo que simplemente había que repetir fórmula para volver a hacer un Perfect. Sin embargo, otros eran tan adictivamente difíciles que me hicieron disfrutar una barbaridad repitiéndolos una y otra vez con distintas combinaciones. Por lo que todo mal queda olvidado y perdonado.
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