Madadayo (Akira Kurosawa)

Ficha técnica
Título original: Madadayo
Año: 1993
Duración: 134 minutos
País: Japón
Director: Akira Kurosawa
Guión: Akira Kurosawa
Música: Shinichiro Ikebe
Fotografía: Takao Saito, Masaharu Ueda
Reparto: Tatsuo Matsumura, Kyoko Kagawa, Hisashi Igawa, George Tokoro, Masayuki Yui, Akira Terao, Asei Kobayashi
Productora: Kurosawa Production Co. Ltd, Dentsu Inc., Tokuma Shoten
Género: Drama

Sinopsis
Basada en la vida de un maestro japonés, Hyakken Uchida, la película versa sobre un profesor de alemán en la Segunda Guerra Mundial y el período posterior. La trama se centra en su relación con los alumnos, que le tienen en gran estima e, incluso después de retirarse de la enseñanza, siguen mostrándole su afecto.
La película recorre varias etapas de la vida del profesor, desde que emprende la decisión de dedicarse en exclusiva a ser escritor hasta que ya es un anciano de 77 años. Por el camino se nos muestran varios sucesos, como sus fiestas de aniversario, el traslado de casa o la adopción de un gato de la calle.
En cada uno de sus cumpleaños, sus alumnos toman la tradición de preguntarle “Mahda kai?” (¿Está preparado?), a lo que él siempre responde “Mada dayo!” (Todavía no).


1- CONTEXTO DE LA PRODUCCIÓN
Madadayo es la decimotercera película dirigida por el cineasta Akira Kurosawa, y también la última que realizó antes de su jubilación. La filmación tuvo lugar en la ciudad de Gotemba, a 145 km al oeste de Tokyo. Se construyeron sets que representaban hogares quemados y devastados por la Segunda Guerra Mundial. Aquí se aprovechó para retratar el paso de las estaciones del profesor con su esposa en la humilde caseta que ocupan durante la posguerra. Puesto que la grabación del film se extendió durante casi un año entero, se pudieron aprovechar las condiciones reales que brindaba el paisaje.
El resto de escenas se interpretaron en el Toho Kinuta Studio (Tokyo), donde grandes sets abiertos reproducían calles y casas propias de una ciudad de la época.

Otro elemento clave en la realización del film y, de hecho, de toda la carrera de Kurosawa, es la pintura, otra de las ramas artísticas por la que el cineasta siempre ha sentido especial predilección. Él mismo dibujo los storyboards de sus últimas 6 películas, con una iconografía oriental que bebe también de autores europeos del siglo XX, como Van Gogh o Renoir.
Este gusto por el arte le vino desde bien pequeño. Ya en la escuela de primaria demostró especial interés en la pintura, una declinación que creció gracias a la educación que recibió de un maestro llamado Tachikawa, que le alentó a desarrollar una mente libre e inventiva, potenciando su alma creadora. Incluso después de dejar de tenerlo como maestro, Kurosawa y un compañero suyo siguieron visitándolo cada domingo durante mucho tiempo, por el aprecio que le tenían y por querer seguir expandiendo sus conocimientos sobre el mundo del arte. El paralelismo entre este episodio real de la vida del cineasta y la trama narrada en la película es evidente.

Como parte de la trayectoria profesional de Kurosawa, esta película se enmarca en el período de despedida final, un largo adiós que se extendería por sus últimas 5 obras después del parón de 5 años que ocurrió tras su caída en desgracia. Tras una película duramente criticada como fue Dodeskaden (1970) y un intento de suicidio fallido al año siguiente, el cineasta japonés emprendió un último esfuerzo de determinación personal, empujado por su fuerte deseo de hacer cine hasta el final.

Pese a estar rodada en los años 90, la película se aleja de efectos y artificios (que perfectamente podrían haberse usado) para retomar el estilo propio de sus producciones en los años 40. Con una sencillez y belleza que apuestan por lo natural y el cromatismo, Kurosawa consigue una filmación que resulta una obra maestra, delicada y humana como el propio contenido que se pretende transmitir.
En cuanto a la música, prescinde de ella casi en la totalidad de la película, que a menudo se nutre tan sólo de las canciones infantiles que entonan sus personajes. Como todo el film, este apartado destila simplicidad, brevedad y una cierta ambigüedad abierta a distintas reflexiones. La excepción se produce en un par de momentos, en que la música escogida es precisamente occidental, pues se nos deleita con las hermosas composiciones de Vivaldi, que refuerzan el carácter dulce y melancólico. No en vano se considera a Kurosawa uno de los directores de cine japoneses más “occidentales”, lo que en ocasiones le costó una desvaloración de sus obras por parte de sus propios compatriotas.

El film está basado en la vida del maestro Uchida Hyakken, un referente de la literatura japonesa del siglo XX. Este profesor al que el cineasta homenajea con tal devoción se dedicaba a impartir clases de alemán en la Universidad Hosei, aunque anteriormente también trabajó en la Escuela Militar. Sus estudios estuvieron englobados en el marco de una enseñanza japonesa en que se rendía culto a las letras, abierta a occidente desde el siglo XIX. Para su formación como maestro fue vital la existencia de otros que le adoctrinasen, y precisamente contó con la fortuna de ser el discípulo del gran Natsume Soseki, quien a su vez había seguido a Lafcadio Hearn, fundador de la enseñanza de idiomas y literatura occidentales en esa misma universidad.
Los ensayos de este clásico escritor tenían un estilo estético inspirado en los haiku (poemas breves de la tradición japonesa), en que rendía tributo a los pequeños detalles cotidianos, en clave de humor y con una narrativa meticulosa.

Las relaciones maestro-alumno siempre han sido muy consideradas en Japón, especialmente en el contexto de la película. Aprovecha Kurosawa para reclamar unos valores perdidos en su época como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y la posterior recuperación, que trajo consigo una sociedad fría y consumista. Es así como el director muestra la nostalgia que siente por los antiguos valores, la honradez y la nobleza, que muchos japoneses sentían haber perdido en el momento en que se rodó esta película.

Sin ser una de las consideradas como mejores películas del director japonés, es un cierre magnífico en su trayectoria, pues resulta vital para comprender su forma de entender la vida y de ver el mundo, aunando en un mismo film todo aquello que Kurosawa amaba: el cariño, la naturaleza y los animales, los valores humanos, el trabajo, la actividad y el rechazo a las guerras.

2- CONTEXTO DE LA PELÍCULA
Los sucesos de la película transcurren desde mediados de los años 40 hasta el inicio de los 60. Esto significa que presenciamos el final de la Segunda Guerra Mundial, en que Japón fue la potencia perdedora, así como los años siguientes y la progresiva recuperación del país. Estos hechos se reflejan en la película desde un punto de vista muy sutil, en que el profesor no está directamente involucrado pero sí sufre las consecuencias de que su nación esté en guerra. Pese a ser una persona honrada y trabajadora, que ha dedicado su vida a la enseñanza y la escritura, tendrá que vivir en condiciones de extrema pobreza debido a que, por mero azar, su casa es destruida por un bombardeo. Será el afecto que se ganó en sus años de profesor el que lo lleve a un nuevo hogar, construido expresamente para él y su esposa por los que una vez fueron sus pupilos.

El ambiente bélico es constante, con alusiones en el entorno que nos hacen patente el estar en pleno año 1943, con la Segunda Guerra Mundial dejando marcada la ciudad de Tokyo. Casas derruidas por bombas, como la del propio profesor Uchida, toques de queda, edificios en ruinas o el sonido de las sirenas son algunos de los elementos que podemos discernir por los distintos fotogramas.

El inicio del conflicto se remonta a los años 30, cuando Japón sostenía una política imperialista respecto al resto de Asia, con especial agresión en China. El país del sol naciente estaba en una situación delicada, superpoblado y sin recursos suficientes, ni de petróleo ni de alimentos. Fue en este contexto que formó pacto con Alemania e Italia, y surgieron numerosos recelos por parte de Estados Unidos, a la que en aquel momento no le interesaba entrar en guerra. Finalmente, adoptaron la postura de sólo atacar si se sentían agredidos, algo que ocurriría como consecuencia del cese de aprovisionamiento de petróleo hacia Japón.
Cuando el almirante Yamamoto tomó las riendas, la estrategia japonesa dio un giro: en lugar de esperar la ofensiva enemiga, atacarían primero. Así lo hicieron, dando lugar al conocido ataque de Pearl Harbour, que otorgó una ventaja inicial a Japón. Esta victoria, que pilló totalmente desprevenidos a los norteamericanos, no fue tan exitosa ni otorgó un resultado tan espectacular como se ha acostumbrado a pensar. Los japoneses habían tenido que adaptar los torpedos, y la flota de Estados Unidos pronto pudo recuperar sus barcos. Este punto de arranque sería, en realidad, un precedente de la derrota final.
Le siguieron a ésta toda una serie de victorias consecutivas, que fueron expandiendo el imperio japonés hasta alcanzar una séptima parte del globo. A base de ataques sorpresa y una marina muy desarrollada, iban cosechando éxitos ante el desconcierto de las potencias Aliadas.
En 1942 comenzó a cambiar la situación del conflicto, pues los japoneses demostraron una grave incapacidad para organizarse de forma eficiente, con diferencia de opiniones sobre el camino a seguir y sin un liderazgo militar claro. Esto les costó dos derrotas decisivas en las batallas del Mar del Coral y la de Midway, donde la primera victoria norteamericana definió el resultado final de esta cruenta guerra.

Este cambio en la situación del país se refleja perfectamente en las escenas dedicadas a los cumpleaños. Desde la primera reunión en su casa hasta el último festejo, ya a los 77 años del profesor. Sin embargo, es entre la segunda y tercera fiesta que se aprecian las diferencias más notables.
En el 60º aniversario vemos la ridiculización al ejército invasor, que alertado entra a vigilar lo que parece un festín bullicioso, sin percatarse de la burla recibida. En el 77º, en cambio, este ejército ya está internalizado en la cultura. Los alumnos acuden con sus familias al cumpleaños, y vemos un gran cambio en la educación que están recibiendo sus hijos, integrados en el American Way of Life. Los cantos ya no son estrofas tradicionales religiosas. Bien al contrario, le cantan al profesor el Happy Birthday en inglés. En esta ocasión, también la esposa asiste a la celebración.

3- ANÁLISIS DE LA PELÍCULA
Como su último testamento, Akira Kurosawa quiso realizar una película en la que él mismo se identifica con el protagonista. En Madadayo, el profesor grita una y otra vez “Mada dayo!” (¡Todavía no!), comunicando su deseo de seguir viviendo aún un poco más, de disfrutar de la vida y seguir aprendiendo hasta el último segundo, aún sabiendo que la muerte estaba cada vez más cerca. Con este mismo grito se puede identificar la voluntad del director, que siempre quiso hacer películas francas y que contaran historias, películas que él deseaba hacer, sin presiones de productoras ni más intención que la de plasmar sus ideas en el celuloide.
Cuando termina la película, el profesor descansa tranquilo y por fin puede irse. También Kurosawa se despide con esta escena de su trayectoria fílmica, dándola por terminada y quedándose en paz, preparado para marcharse (“Mouiiyo”).

La película transmite un mensaje claro sobre el canto a la vida, el gusto por el aprendizaje, el afecto y respeto que se ha ganado un profesor por enseñarles a sus alumnos algo mucho más allá de las aulas. Pese a que en ocasiones puede hacerse lenta y tediosa, y que los episodios se repiten, dando lugar a situaciones poco diversas (el cambio de casa, los cumpleaños...), este sistema es vital para trasladar al espectador el hecho de estar observando una vida. La de un profesor admirado y querido, pero una vida al fin y al cabo. Episodios rutinarios, momentos felices, desgracias inesperadas, épocas de bienestar y otras más trágicas se entremezclan para formar lo que no deja de ser un ciclo vital como el de cualquier otra persona. Eso sí, el de una que supo apreciar los pequeños detalles, que disfrutó de la compañía de sus semejantes, que cultivó el afecto y la mente, tanto suya como de sus alumnos.
El apego es tal, que ni en tiempos de guerra cesan las reuniones y encuentros, en que tanto profesor como alumnos (y, más adelante, también las familias de éstos) festejan el poder estar juntos, ríen y bromean sin importar el estado de su país, que era francamente desolador en esos momentos.

La figura del profesor (“sensei” en japonés) es de gran importancia en la sociedad nipona. Así lo demuestra el hecho de que todos, tanto alumnos, como esposa y vecinos, llamen a Uchida por su título de maestro, y no por el nombre. El sensei no es tan sólo alguien con más experiencia que puede enseñar a los más jóvenes que saben menos -este es el papel del “sempai” o alumno más mayor-, sino un auténtico maestro que guía y conduce a todos por el sendero del aprendizaje.

Además de la excesiva repetición de los sucesos, la película también peca de ser demasiado sentimental y, como aspecto relacionado, en ningún momento se nos explica qué hizo el profesor para ganarse tal nivel de devoción por parte de sus pupilos. En numerosas ocasiones se hace referencia a que el profesor “es oro puro”, pero nunca se llega a profundizar sobre por qué. Los momentos ingeniosos o creativos que se reflejan en la película, tales como sus inventos para ahuyentar a los ladrones o los juegos de palabras que realiza en sus discursos, parece que en muchas ocasiones sólo sean graciosos para los personajes presentes, y no para el espectador. Los alumnos y otras gentes de su entorno (médicos, esposa...) ríen ante las ocurrencias del profesor, pero realmente carecen de gracia.

Es importante recalcar que muchas de estas bromas son, como ya se ha mencionado, juegos de palabras. Incluso viendo la película en versión original, es necesario tener ciertos conocimientos del idioma japonés (o las anotaciones apropiadas) para comprender muchas de estas ingeniosidades, que a menudo se basan en la doble lectura de los caracteres. Durante la escena en que el profesor y su mujer viven en la humilde caseta del jardinero, donde vemos pasar las estaciones de todo un año, se hace uso de bromas propias de la comedia Rakugo, monólogos humorísticos en que el intérprete relata anécdotas cotidianas en tono jocoso, siempre vestido en kimono y arrodillado sobre un cojín. Este humor tan antiguo y propiamente oriental, que se remonta al siglo XVII, es aún menos apreciable por el público occidental, ya que estamos acostumbrados a un estilo radicalmente distinto.

Lo mismo ocurre con la desaparición de la gata del hogar, Nora, con la que Uchida desarrolla un vínculo inusual. En ningún momento se nos explica a qué se debe tal grado de afecto y añoranza. No es debido a la necesidad de paliar la soledad, puesto que el profesor siempre cuenta con la compañía de sus antiguos pupilos y de su esposa. Ni siquiera los propios alumnos son capaces de entenderlo. Sin embargo, se implican a fondo en la búsqueda, simplemente porque el profesor lo siente así. Con lo cual, el espectador se pregunta de nuevo cómo se desarrolló este vínculo tan incondicional en la relación maestro-alumnos.
Es necesario ahondar en la vida del verdadero profesor Uchida Hyakken para comprender mejor este episodio y lo que pretendía contar Kurosawa en él.
El maestro Soseki, del que el Uchida real fue discípulo, publicó una de sus obras más importantes con “Yo soy un gato”. Se trataba de una narración satírica en que el gato personificaba al propio autor, en una suerte de autobiografía que criticaba la vida social de la época de la guerra con Rusia. Uchida Hyakken se propuso escribir algo muy similar en 1949, en una composición muy elaborada y personal a la que llamó “El diario de Nora”, que contaba la desaparición de su gato. El cineasta japonés quiso representar esta obra tan íntima y cuidada en Madadayo, donde el gato toma forma real y desaparece, mostrando el dolor del profesor al perder su creación más preciada. El “yo” del profesor se vuelca en Nora, que asume su propia fragilidad y la del momento en que viven, cuando Japón se encuentra en un delicadísimo momento.

Y es que el carácter del profesor Uchida es soñador e infantil, siempre dispuesto a dar rienda suelta a la creatividad y alentando a que los que lo rodean hagan lo mismo. Es este rasgo el que despierta especial simpatía por el maestro, que vive todos los sucesos desde los ojos de un niño, siempre optimista y haciendo sonreír a los demás. Este aspecto está muy relacionado con el nombre de la propia película, que es a su vez un juego de palabras que toma como base un juego infantil japonés similar al escondite, en que uno de los niños se esconde y los demás le buscan, preguntando a gritos “¿Estás preparado?”, a lo que el niño responde “No, aún no” (“Madadayo”), mientras todavía no se encuentra bien oculto. Cambiando ligeramente la expresión, con una referencia a las divinidades Ma y Buda, obtenemos un matiz en la pregunta “¿Estás preparado para la muerte?” (“Mahda kai?”). Esta pregunta, en el juego infantil, refleja en realidad las ganas de los niños por seguir jugando eternamente, puesto que existe un deseo secreto de que el otro niño nunca esté bien escondido y no se acabe la diversión.
Este mismo deseo existe en los alumnos cuando trasladan el juego de palabras a las fiestas de cumpleaños, pues realmente anhelan que el profesor nunca esté listo para morir. El maestro, por su parte, reafirma sus ganas de seguir viviendo. Así se plasma también en la última escena del film, en que se nos ofrece una visión onírica del protagonista ya muerto, un sueño en que renace como niño. Es el ciclo de la vida, que siempre vuelve a empezar, unos se van y otros nuevos llegan.

Las canciones que aparecen durante toda la película también están relacionadas con este carácter infantil del profesor, con su vinculación con la niñez. Cuando le cantan a la luna, cuando recuerdan rimas que cantaban de pequeños, cuando los alumnos le cantan al profesor o cuando él canta en señal de agradecimiento. Todas estas canciones traen de vuelta su infancia, el momento de la vida en que uno más se sorprende y aprende, el más creativo e imaginativo.

Las melodías de Vivaldi nos acompañan en tres fragmentos: el paso de las cuatro estaciones en la caseta del jardinero, la aparición del nuevo gato Kurz (o Kuro, según la señora) y el sueño final con los niños jugando.
Contrario a usar el recurso fácil, que hubiera sido emplear algún pasaje de la famosísima composición de Las Cuatro Estaciones, el cineasta optó por ofrecer nuevos matices con una elección más sutil. Las melodías que se escuchan durante el film pertenecen a un concierto para cuatro violines, el Concierto nº9 del opus tercero de Vivaldi. Este fragmento corresponde a una obra completa de 12 conciertos similares, titulados “L'estro armonico” (“Inspiración armónica”). Todos ellos son parte del fruto cosechado entre 1703 y 1738, cuando Vivaldi ejerció de profesor de violín en el Conservatorio de un hospicio de Venecia. Este asilo fue fundado a mediados del siglo XIV, con la intención de dar hogar a niños huérfanos o muy pobres. A su vez, fue la primera institución en ofrecer una enseñanza sistemática de la música.
Qué mejores melodías que las que un maestro como Vivaldi compuso en su época de profesor podían acompañar una película que versa sobre un maestro y el aprendizaje, en un film realizado por el mismísimo maestro del cine japonés.

El fluir temporal es una constante de toda la película, que se hace partícipe en su propio mensaje (la vida es un camino de aprendizaje) para mostrar cómo los humanos adquieren la experiencia y conocimientos con el paso del tiempo. La primera etapa se inicia cuando vemos al profesor despidiéndose de sus alumnos, eligiendo un nuevo rumbo enfocado a la escritura. La siguiente llega con el estallido de la guerra, en que él y su mujer se ven forzados a cambiar totalmente de nivel de vida, teniendo que sobrevivir en una caseta de jardinero, de la forma más humilde. El paso del tiempo queda aún más reforzado con una de las escenas más comentadas del film, en que vemos pasar las estaciones de todo un año, mientras el matrimonio sigue su vida apacible. Los años transcurren de forma efímera, tal cual resulta la casa de uno mismo e incluso el camino por el que nos lleva la vida.
Este hecho también es muy apreciable en las distintas celebraciones que se nos muestran a lo largo de los años, y no sólo por el evidente envejecimiento físico de los personajes, así como la formación de sus propias familias por parte de los alumnos cuando éstos crecen, sino también por las circunstancias y el modo de festejarlo. La película tarda poco en adentrarse en pleno contexto de la guerra, y es en el primer cumpleaños del profesor que asistimos a una celebración muy discreta, en la casa del propio profesor (antes de ser derruida por la guerra). Son tiempos difíciles y la comida escasea, pero logran montar un banquete muy digno gracias a la colaboración de todos. Menos discreto será el próximo aniversario, en que la guerra ya ha finalizado y las editoriales vuelven a funcionar, por lo que el maestro puede comenzar a publicar sus obras y sacar rendimientos. Toda la economía está recuperándose, hasta el punto de poder alquilar un salón para la fiesta y servir comida en abundancia. Es a partir de aquí que se establece el evento como algo habitual, una cita ineludible de cada año en que todos se reunirán para reír y festejar.

Los cumpleaños, en la cultura japonesa, no son algo que se celebre de forma homogénea. Al contrario de los occidentales, que simplemente sumamos un año más y, cuando llevamos ya muchos, se empieza a perder la ilusión, los japoneses atribuyen distintos rituales a determinadas edades. Los hay de mal augurio y otros de buena fortuna. Por ejemplo, al cumplir los 5 años, se realiza un ritual religioso que protege al niño de la mala suerte, ya que se considera que en esta nueva etapa ya es un “pequeño hombrecito”. Así mismo, los 60 años que cumple el profesor Uchida en la primera celebración que se nos presenta en la película, cuando la guerra aún está vigente y lo festejan de forma humilde en su propia casa, es también una fecha especial: se le llama Kanreki.
¿Y a qué se debe? el calendario tradicional chino del zodíaco, en que cada año está asociado a un animal, se basa en el ciclo lunar y se compone de una cuenta de 12 años (=12 animales). Siguiendo el calendario lunar, que tiene en consideración los cinco elementos (madera, fuego, tierra, metal y agua), se conforma un ciclo de 60 años (12x5=60). Al cumplir esta edad, se regresa al mismo símbolo del año en que se nació, lo que se considera un renacimiento o una vuelta a la niñez. Así se explica la gran importancia que otorga Kurosawa en su película a la infancia. Sin embargo, no significa esto que el individuo vuelva a ser un niño. Al contrario, se considera que ha llegado a una edad suficiente madura para realizar una profunda reflexión sobre su vida, para tomar una nueva dirección. Es por ello que el maestro, en el film, decide retirarse de la enseñanza y dedicarse de lleno a escribir. Es muy curioso porque todos los espectadores occidentales asociaríamos este hecho a que el profesor se está jubilando, y en realidad no tiene nada que ver.
El último cumpleaños con el que finaliza Madadayo también corresponde a una de estas edades significativas: a los 77 años se celebra el Kiju, la alegría de haber gozado de una larga vida.

Como casi todo en la sociedad japonesa de la época, se dejan notar las fuertes influencias de los códigos éticos del budismo zen, el sintoísmo y el bushido. Todas ellas consideran la muerte como una liberación del alma, no un suceso trágico. El ser se libra, por fin, de todos los sufrimientos y desgracias que implican la vida, llegando a la auténtica meta: la gloria eterna (en el sintoísmo y el bushido) o la reencarnación y el nirvana (en el caso del budismo zen).
El cineasta japonés es fiel a la cultura religiosa de su país, con un claro homenaje a los códigos de la tradición japonesa, que expresan la muerte como algo deseable y valeroso. Hablamos de una sociedad en que el suicidio ritual es algo honorable y de admirar, como el seppuku en el caso de los samuráis o los conocidos pilotos kamikaze que nacieron durante la Segunda Guerra Mundial, como último recurso de la Armada Imperial Japonesa para girar la situación del conflicto, en que Japón tomó una clara desventaja por la inferioridad militar.
En contraposición a esta visión tradicional, Kurosawa plasma en la película la otra cara de la moneda: pese a que la muerte pueda ser algo deseable, eso no quita el entusiasmo por vivir de su personaje y los que lo rodean. Ni la cercanía de esta expiración puede destruir las ansias de seguir aprendiendo y disfrutando hasta el último segundo. El cineasta construye toda una historia alrededor de un único sentimiento: las ganas de vivir, y de hacerlo de la forma más noble, provechosa y pacífica posible.

Este canto a la vida concluye con la maravillosa y onírica escena final, con los niños jugando, en que finalmente se establece una posición menos conformista con estos postulados religiosos. Como última despedida, Kurosawa nos brinda una ventana abierta a la nueva vida.

El papel de la esposa es fundamental en todo el transcurso de la película, ya que aporta al profesor ese equilibrio, ese apoyo necesario para ser tal como es. En los años en que está ambientada Madadayo, el objetivo máximo de la mujer consistía en ser una buena ama de casa y esposa, siempre en segundo plano tras su marido. Este hecho se refleja claramente en la película, donde las frases de la mujer son prácticamente anecdóticas. Siempre la vemos limpiando, cocinando, atendiendo a las visitas o cuidando del profesor.
Aunque la sociedad japonesa actual sigue teniendo muchos aspectos machistas, ya no son tan acusados como en la época en que transcurre el film. Durante la Segunda Guerra Mundial, la escasez de mano de obra obligó a las mujeres a ocupar los puestos que los hombres dejaban libres tras alistarse, así como se montó una legión de enfermeras necesaria para hacerse cargo de la gran cantidad de heridos japoneses que causaba la guerra a diario. Esto propició un cambio de suma importancia en el papel de la mujer dentro de la sociedad japonesa, que tomó un carácter más activo.

Volviendo a la personificación del propio Kurosawa con el profesor, al que se le halaga continuamente, parece que el cineasta estuviera reclamando a gritos un mismo trato para él: que su legado de películas siempre fuera recordado y que los comentarios positivos abundaran al hablar de sus trabajos. Kurosawa pedía un reconocimiento a su aportación fílmica, devoción y halagos como recibía este mismo profesor.
Madadayo tiene un carácter aleccionador y moralista. Al igual que la película nos relata la vida como un camino de aprendizaje, lo mismo podría decirse del mismo director, y es que el cineasta entendió su trayectoria en el cine como un compendio de lecciones, una forma de adoctrinar a los espectadores y hacerles aprender con sus películas. En este film asistimos a una clase sobre la amistad, el respeto a los mayores, a los que se considera más sabios por el simple hecho de haber nacido antes, de haber tenido más tiempo para acumular conocimientos y experiencias. De ellos podemos aprender mucho, y es por ello que les debemos el mayor respeto y cuidado.

No es una película divertida ni entretenida, pero es de esas experiencias que se aprecian más una vez terminadas que en el proceso. Es entonces cuando te deja con la sensación de haber asistido a algo entrañable, de haber sido también alumno de ese apreciado profesor.

4- BIBLIOGRAFÍA
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SÁNCHEZ, P. “La vida es bella. Catálogo sobre Cuestiones de Escatología en el cine contemporáneo (1990-2005)” en http://www.riial.org/espacios/cinecat/cinecat_ficha067.pdf
Varios autores “Japón En La Segunda Guerra Mundial” en http://www.slideshare.net/sotojbw/japn-en-la-segunda-guerra-mundial (2010)
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